LA PATATA DE CHÍA. EL ÉXITO DE UN PROYECTO SENCILLO

patata del pirineo

Han conseguido lo que pocos consiguen. En tan sólo cuatro años, sus patatas son reconocidas a kilómetros y kilómetros de distancia de su lugar de origen: Chía, un precioso pueblo del valle de Benasque. Su éxito ha sido tal, que no hay escapatoria a la relación mental entre Chía y el término «patata». La patata de Chía.

La patata siempre había sido buena en Chía. De hecho, había formado parte de la base de la alimentación de las generaciones predecesoras a este proyecto de recuperación y puesta en valor. Algunos afirman que es la altura, otros que es la simiente, pero José Antonio Lanau, uno de los miembros más entusiasta de la asociación de productores de patata de Chía nos aclara que

«Viene gente a comprar simiente para plantar patata de Chía en otros pueblos. Yo les digo que no obtendrán la de Chía, porque para que sea de Chía tiene que cultivarse aquí, a esta altura, en esta tierra.»

Han recuperado el modo de producción de sus antepasados, incluso utilizan tracción animal en algunas de las fases. Las protagonistas de esta labor son la Rubia y la Morena, las dos yeguas que se encargan de pasar la «ersa», un tipo de rastra, justo al nacer la patata.

José Antonio Lanau llama desde su vehículo a las dos yeguas, que en época estival se encuentran, como el resto del ganado bovino de la zona, en la parte más alta de las montañas.

Los productores de patata de Chía se han unido en una asociación que comenzó con dos miembros y ahora cuenta con siete y espera que sean muchos más. Los primeros 5.000 kg de patata que obtuvieron el primer año se han multiplicado hasta 60.000 kg en la cosecha de 2015, primera con certificado ecológico, concentrados en unas 5 hectáreas de privilegiados campos de una altitud entre 1200 y 1500 metros, como reza su reglamento de cultivo, que salpican estas montañas donde la patata convive con el ganado bovino, regenerando los pastos y esquivando al temido escarabajo, con la misma maniobra que utiliza aquella que esquiva un beso no deseado: cambiando rápido de lugar.

Cuatro de los siete miembros que conforman la Asociación de productores de la patata de Chía: Enrique, de Casa Orós y actual alcalde de Chía; José Antonio, de Casa Sansón; Fernando, de casa Galino y Antonio, de casa Sauret. En muchas zonas del Pirineo, los vecinos de cada pueblo son conocidos por la familia o «casa» a la que pertenecen. Forma parte de este proyecto sostenible el centro de personas con discapacidad del valle de Benasque, El Remós, que se encarga de la comercialización, aunque están muy presentes en todas sus fases y participan en jornadas simbólicas de recogida de patata o en el propio envasado.

Todo el proceso comienza en noviembre, cuando preparan la tierra. Será entre marzo y abril cuando vuelvan a labrarla y en mayo tiene lugar la siembra. Para San Juan, a finales de junio, se les da tierra, se hacen caballones con ayuda de las yeguas y es en octubre cuando comienzan a recoger la patata. Una cosecha que puede alargarse en el tiempo, ya que la patata, si no hay riesgo de heladas, se conserva mucho mejor bajo tierra. Pero la patata de Chía no dura tanto. En menos de dos meses las existencias se agotan. Zaragoza, Huesca, Lérida, todo el valle de Benasque, el País Vasco…son algunos de los destinos más demandados. Y este año han llegado hasta las redacciones de los medios de comunicación más importantes a nivel nacional. Por las calles de Chía ha paseado la prensa de radio, periódicos y televisiones nacionales y autonómicas en busca del secreto de su éxito, haciendo más visible este proyecto, que se merece, como poco, tenerlo presente como un modelo ideal de sostenibilidad rural a través de la agroalimentación y el compromiso de muchos vecinos del valle.

 

Para agradecérselo, Chía le prepara cada año, en el último día de octubre, una fiesta a su patata. Los puestos de artesanía complementan a los de venta de patata recién envasada. Se venden muchísimos kilos, y como contraprestación a este apoyo, convidan a los visitantes a más de 1.000 raciones de «patata colgada», una receta tradicional, que han comido los vecinos de Chía desde siempre. Se trata de un plato que puede comerse tanto frío como caliente y que consta de patata, pimiento rojo y cebolla, todos asados en la gran hoguera que preside la plaza de Chía, sardina en salazón (de cubo o también conocida como sardina rancia) y el pertinente aliño.

Una fiesta que celebra lo que la tierra puede ofrecer cuando los vecinos se unen y creen en un proyecto común, donde se baila al son del gentío que se acerca a conocerles y en el que se hacen ofrendas de «patata colgada» como símbolo de confirmación de que vivir en los pueblos pequeños, sí es posible.

Save

Save

3 comments / Add your comment below

Deja un comentario